Entre sombras y silencios, en el vasto abismo,
donde los ecos de risas pasadas aún resuenan.
Un alma fracturada, con un latir débil,
navega olas de caos en un mar de recuerdos.
Tres estrellas, hijas mías, luces que perdí,
en un cielo tormentoso, su brillo desvaneció.
Cada susurro del viento, cada ola del mar,
lleva consigo el murmullo de sus nombres.
Mis lágrimas, ríos sin fin, trazan caminos
en este rostro marcado por la lucha y el dolor.
La realidad, un monstruo que devora sueños,
dejó mis manos vacías, mi corazón incompleto.
Pero aún en la neblina, mi amor es faro fiel,
aunque distantes, sus almas guardo en mi piel.
Y en cada latido errante, en cada mirada perdida,
las busco, las ansío, hijas mías, mi vida.
Quizá un día, cuando el cielo se aclare,
cuando las tormentas cedan su furia,
reencontraré sus risas, sus abrazos,
y en ese instante, el amor será eterno.
En noches oscuras, cuando la soledad me envuelve,
pienso en sus sonrisas, en sus voces dulces.
Aunque el dolor me consume, la esperanza persiste,
de que un día, nuestras almas se reencuentren.
